Giacomo Casanova. Basta con pronunciar su nombre para que la imaginación de cualquiera de nosotros se encienda. Todo el mundo, incluso quienes provienen de los rincones más remotos de la tierra, sabe quién fue.
Pero, ¿quién era realmente Giacomo Casanova, este veneciano autodenominado Caballero de Seingalt? ¿Un abogado, un poeta, un filósofo o un viajero? ¿Un matemático, un ensayista, un novelista? Hay quien dice que era un ocultista, un espía, un masón. Otros lo describen como violinista, libretista e incluso experto financiero. ¿Cuál de estas definiciones es la verdadera? Todas o, tal vez, ninguna.
Sin duda, era un hombre dotado de cualidades e inteligencia superiores a la media, con una personalidad poliédrica y, por ello, mal vista por los poderosos de un periodo histórico lleno de contradicciones. Y él las encarna todas: miseria y opulencia, castidad y ostentación, servilismo y ansias de libertad, lascivia oculta bajo un manto de falsa pudicia.
Él conoce su mundo, lo ama y lo detesta. Lo escruta, lo investiga y nos ofrece una descripción exacta en sus memorias, que no son solo una sucesión de aventuras galantes y eróticas, sino el retrato del mundo veneciano y europeo del siglo XVIII.
Casanova no es, por tanto, un cruel Don Juan, sino un atento observador de la realidad y del alma humana.
Recorrer su vida y sus aventuras a través de los lugares que lo vieron como protagonista puede ser una forma diferente de visitar Venecia, partiendo de su lugar de nacimiento, en la zona de Ca’ Grassi, pasando por la Plaza de San Marcos hasta llegar a San Juan y San Pablo (S. Giovanni e Paolo).