La fuerza, la riqueza y la sensibilidad artística de un pueblo se reflejan también a través de la arquitectura de sus palacios de poder. Venecia era una maestra en esto. El Palacio Ducal, sede del gobierno y la justicia, narra en cada detalle su propia historia y la de la Serenissima.
Del castillo de madera del siglo IX ya no queda nada. Lo que admiramos hoy es un edificio principalmente gótico-renacentista, pero nadie puede permanecer indiferente ante la majestuosa estructura que se asoma a la Dársena de San Marcos, suavizada por su inconfundible color rosa y por los espacios abiertos de la logia que permiten vislumbrar el interior. Y es que, gracias a un sutil juego de luces y sombras y de aberturas más o menos pronunciadas, se produce un cambio continuo de perspectivas, como si el campanario, la Piazzetta, la Basílica y el Palacio Ducal no fueran más que un único elemento.
Dogos, magistrados y señores, pero también aventureros, han dejado su huella, al igual que pintores, escultores y arquitectos. Aquí, la sofisticada maquinaria del gobierno de la República —que no estuvo exenta de intrigas, complots y conjuras— tomó importantes decisiones políticas. Las voces de los poderosos resuenan todavía hoy entre los muros de este espléndido monumento, recordando los antiguos esplendores.
Dichas voces pueden escucharse en el silencio de una visita privada, tras el horario de cierre, sin el bullicio de las comitivas y los grupos numerosos. Se verán envueltos en una atmósfera mágica, en ciertos aspectos surrealista, que los transportará atrás en el tiempo.