El nacimiento de Venecia está envuelto en el misterio, y míticas son las leyendas ligadas a esta tierra.
Año 302 a.C.: barcos corsarios espartanos, comandados por el hijo del rey de Esparta, Cleómenes II, entran en la laguna y recorren un canal profundo y sinuoso hasta llegar a la desembocadura de un río. Una vez desembarcados en tierra firme, los espartanos son atacados por la población, que los obliga a huir.
Para los vencedores, el éxito tiene sabor a revancha, ya que se jactan de ser descendientes de los Enetos de Paflagonia, pueblo aliado de los troyanos en la guerra homérica contra los griegos, que tras la derrota se habrían refugiado en la zona lagunar. Es el gran historiador de la romanidad Tito Livio, paduano orgulloso de ser véneto, quien relata este acontecimiento.
El canal profundo, el rivus altus, no era otro que el que hoy llamamos Gran Canal, la principal vía acuática de Venecia que cautiva por su belleza. Las formas y los colores de los palacios que se asoman a él reverberan en el agua, formando juegos cromáticos que se mezclan como en la paleta de un pintor. Pero los palacios, que pertenecieron a las familias más influyentes de la República, también nos hablan de las vidas de los personajes que allí vivieron y de quienes fueron sus huéspedes.
Recorramos entonces juntos esta magnífica calle dejándonos acunar por las olas; cómodamente sentados en un taxi y sorbiendo una copa de prosecco, admiraremos las bellezas arquitectónicas mientras comentamos las intrigas políticas, las aventuras amorosas y los cotilleos del pasado.